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Psicosociales

Un ceño ofensivo, un gesto de dolor y un sitio en la historia

Un ceño ofensivo, un gesto de dolor y un sitio en la historia Los medios de comunicación con su característica avidez habían desplegado todas sus fuerzas para cubrir las incidencias del evento que prometía las primicias más funestas. Pues el sobreanunciado paro del 14 de julio del 2004 había comenzado la noche anterior.

Todos nos preparamos para meternos en el lío desde nuestros respectivos espacios e ideas. Unos ensayando frases bonitas, acomodando palabras para construirse un memorable discurso, otros, con un sentimiento auténtico de postergación y olvido, preparaban sus gargantas para hacerse escuchar en la plaza; y tantos más, imaginándose escapes y desvíos para llegar sano y salvo al trabajo y así burlar una posible disminución en sus alicaidos salarios.

Pero no todos tuvieron tanta suerte. Los compañeros de Haya de la Torre expertos en artes de la agitación, esa misma noche, también hacían lo propio pero con poca fortuna. Pues habían pescado a más de uno repartiendo llantas viejas para que, al día siguiente, fueran quemadas en las vías públicas y, de esta manera, el paro tenga no sólo arengas y discursos grandilocuentes, sino también fuego y violencia.

En los gremios de trabajadores que convocaban la acción también se ultimaban detalles para asegurar una protesta histórica. En el local del sindicato de construcción civil se habían congregado un gran tumulto para apoyar a la Subcomisión de Contundencia, que etiquetaba los palos que cada uno de los agremiados portaría en la marcha hacia la plaza: palos de pino para los de a pie; de caoba para los jefes de obra y de cedro para los dirigentes de base.

En el Partido del Pueblo, todo estaba quedando como para incendiar Lima. El comité incendiario, que había camuflado casi medio centenar de llantas, estaba realizando algunos ensayos de prendido rápido del material sintético. Y en otro ambiente;

—Compañero Alan, yo quiero ir adelante— Jorge
—¿Sabes gritar arengas?—Alan
—Claro, eso es fácil—Jorge
—Bien, a ver, grítate una—Alan
—¡Aareengas!— Jorge.
—Jorgito, Jorgito, sigues como siempre. Tráeme esa bandera que tengo en mi oficina—
—¡Alán, yo también quiero ir adelante!—Mulder
—¡Sí, procura no parecer tan mulder—

Cuando rayaba el día, los medios de comunicación que se habían ubicado en lugares estratégicos, empezaron a transmitir las primeras imágenes que mostraban a muchas personas que se encaminaban a sus centros laborales. Por otro lado, la masa se iba congregando en los locales sindicales y, también, en el del partido de Haya de la Torre.

Una cámara puso otra vez al descubierto algo ya sospechado; las llantas salían de local y eran quemadas en plena avenida. Pero, luego, la negación. ¡Nosotros no hicimos nada!. ¡Nosotros no tenemos nada que ver con eso!. Pero las imágenes del vídeo estaban allí. Ellas no mienten.

Luego nos trasladamos a la Plaza 2 de Mayo, sitio de reunión de los trabajadores y algunos otros personajes ligados a la izquierda. La plaza estaba colmaba de trabajadores de varios sectores laborales, entre los que destacaban, los de construcción civil con su voz potente y decida, blandiendo palos e intenciones poco amigables. Por su parte, los líderes, conocidos y desconocidos, esperaban ansiosos su turno para subir al estrado, tomar el micro y dar vivas al paro; como celebrando el sueldo, pues son los únicos que ganan más, por horas perdidas en un paro.

La jornada de discursos comenzó y entonces las ya conocidas arengas que daban razón de la protesta. Desde el local de los compañeros sus bien alimentados líderes se disponían a partir en marcha por algunas calles para llegar finalmente a la histórica Plaza 2 de Mayo que los recibiría con cánticos y aplausos. Caminaron por Alfonso Ugarte, Venezuela, tomaron Gracilaso de la Vega y luego ingresaron a la Colmena.

La muchedumbre aprista apareció en la plaza y los ánimos de los trabajadores se encendió; el día se llenó de silbidos; el sonido de los golpes de palo e insultos, cruzaron los aires. Entonces, Alan, acostumbrado a esos trotes, siguió su camino hacia el estrado. Y entonces se escuchó,
—¡Compañero quiero subir!— Alan
—¿Compañero?, ¡Haga su cola señor!— Obrero
—¡Oye negro, soy el ex Presidente! — Alan
—¡Haga su cola señor ex Presidente! — Obrero
—¿dónde está la cola? ¡No hay nada de cola! —Alan
—¡Por eso le digo, haga su cola!—Obrero
—¡Usted me está tomando del pelo!—Alan
—¡No, de la cola!—Obrero
—¡Negro desgraciao, déjame subir; ese estrado es mío. Yo nací en él!—Alan
—¡Sí, pero la escalera es mía!—Obrero
—¡Me lo vas a pagar negro desgraciao! ¡VIVA el APRA!—Alan
—¡Pero que viva bien lejos!—Obrero

Luego, los compañeros muy frustrados y molestos, tuvieron que retirarse de la plaza y encaminarse nuevamente hacia el local de su partido. Las pifias, silbatinas y los golpes de los palos hacían el coro a la conocida arenga, ¡el APRA nunca muere!.

Refunfuñando caminaron sin rumbo, seguidos por una turba de reporteros que no se cansaban de disparar sus flashes, como celebrando el mal ajeno. Yo estaba con ellos. La calle era aprista, pero los silbidos apagaban sus voces, con lo cual aumentaba su ira. Más de un compañero que, notando el descontento, se acercaron al jefe para intentar tranquilizarlo, pero no lograron gran cosa.
Así, alguien que quiso ganarse un punto más que otros, trató de abrirle paso entre el espeso bosque de cámaras, curiosos y ayayeros. Seguidamente una secuencia de hechos que se han quedado grabados como emblema: alguien que se mete, con los brazos abiertos, para abrir camino; de tras de él, un seño fruncido, un gesto de esfuerzo e impacto; una sacudida, un gesto de dolor y un sitio en la historia.

Yo estuve sentado todo el tiempo frente a mi televisor, pero sentí la patada, como si fuera en mi propia posadera.
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